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Mario Peña: "La competitividad del turismo no se decreta"

El empresario y exministro de Turismo de Salta advierte que el problema de la competitividad no es el dólar, sino las reformas estructurales pendientes.

En pocas palabras

  • Competitividad: Mario Peña analiza que la competitividad argentina depende de reformas estructurales, no solo del dólar.
  • Diagnóstico: señala que la infraestructura, logística y presión tributaria son factores clave, más allá del tipo de cambio.
  • Realidad empresarial: advierte que las empresas necesitan condiciones estables para competir, no solo tiempo para reformas macroeconómicas.
Resumen generado por Thinkindot AI

Su punto de partida es una frase del ministro de Economía, Luis Caputo, con la que, aclara, coincide. Pero a partir de esa coincidencia desarrolla una advertencia: estabilizar la macroeconomía es una condición necesaria, aunque insuficiente, si el país todavía no resuelve los problemas estructurales que limitan la capacidad de competir de sus empresas.

Para Peña, el debate no debería centrarse en si el tipo de cambio es o no el principal factor de competitividad, sino en comprender que ninguna economía logra desarrollarse únicamente a partir del valor de su moneda.

La competitividad, sostiene, es el resultado de un sistema integrado por infraestructura, logística, educación, innovación, acceso al crédito, seguridad jurídica, presión tributaria razonable e instituciones sólidas. "Es un sistema. No una sola variable", resume.

Mario Peña: "No discuto el destino; discuto los tiempos"

Uno de los aspectos más interesantes de la columna es que Peña evita plantear una confrontación con la política económica del Gobierno. Por el contrario, reconoce que la administración nacional logró ordenar buena parte de la macroeconomía luego de años de inflación descontrolada y afirma que sería injusto desconocer ese avance.

Sin embargo, introduce un matiz que atraviesa todo su razonamiento: ordenar la macroeconomía "nunca fue el punto de llegada", sino apenas "el punto de partida". Y es allí donde plantea su diferencia. "No discuto el destino. Discuto los tiempos", escribe.

Desde su mirada como empresario, asegura que la realidad cotidiana todavía está marcada por rutas deterioradas, altos costos logísticos, un sistema tributario complejo, crédito insuficiente, infraestructura que requiere inversiones y dudas sobre la estabilidad de las reglas de largo plazo.

En ese contexto, se pregunta si resulta razonable exigir que las empresas compitan como si todas esas condiciones ya estuvieran resueltas. Su respuesta es categórica: "Creo que no". (La crisis del consumo llega a las tarifas turísticas: hoteles y restaurantes frenan aumentos)

El dólar como consecuencia y no como causa

Uno de los conceptos centrales de la columna apunta a desmontar una idea frecuente en la discusión económica. "El dólar alto no genera competitividad. Compensa, temporalmente, la falta de competitividad", afirma Peña.

A partir de esa definición, sostiene que cuando un empresario reclama un tipo de cambio más favorable no necesariamente está buscando una ventaja artificial, sino expresando que muchas de las condiciones estructurales para competir todavía no existen.

"No creo que los empresarios argentinos quieran vivir de una devaluación permanente. Creo que preferirían competir con rutas en condiciones, energía suficiente, acceso al crédito, un sistema tributario razonable, seguridad jurídica y reglas estables. Porque así compiten las economías exitosas del mundo", argumenta.

Desde esa óptica, considera que el error consiste en interpretar el reclamo cambiario como un objetivo en sí mismo y no como el síntoma de problemas estructurales que aún permanecen sin resolver.

La advertencia sobre las empresas

Hacia el final de su reflexión, Peña desplaza el foco desde la teoría económica hacia la realidad de las empresas. (Vacaciones de invierno: la ocupación ya no alcanza y el consumo define la temporada)

Recuerda que los procesos de transformación llevan tiempo, pero advierte que la actividad privada debe afrontar todos los meses salarios, impuestos, transporte, energía, financiamiento y proveedores. "Las empresas no viven dentro de un plan económico. Viven en la realidad", resume.

Por eso sostiene que no pueden esperar cinco o 10 años hasta que las reformas produzcan resultados. Si durante ese período desaparecen miles de pequeñas y medianas empresas, advierte, cuando finalmente llegue la competitividad estructural "quizás ya no quede gran parte del entramado productivo que debía aprovecharla".