Viajar en temporada alta siempre implica márgenes de tolerancia más amplios. Retrasos, demoras, salas llenas y cierta resignación forman parte del combo. Pero lo ocurrido entre fines de diciembre y los primeros días de enero con Flybondi excede largamente cualquier lógica de contingencia.
Flybondi, volar a ciegas: crónica de un viaje cancelado, reprogramado y vuelto a cancelar
Entre emails sin respuestas, aviones en mal estado y pasajeros abandonados, el relato de una viajera expone las fallas estructurales de Flybondi durante uno de los fines de semana más críticos del verano.
Flybondi se apresta a tener este verano una temporada récord de vuelos.
Más de 30 vuelos cancelados en territorio argentino durante el primer fin de semana del año (del 2 al 5 de enero de 2026) no fueron un hecho aislado: detrás de esas cifras hay historias concretas, como la de esta pasajera que intentó -sin éxito- completar su itinerario Buenos Aires–Mendoza–Buenos Aires.
El primer aviso: viajar ya no era seguro
El plan original era claro: volar el 23 de diciembre desde Buenos Aires a Mendoza y regresar el 3 de enero. Sin embargo, el primer conflicto llegó incluso antes de despegar. El vuelo fue reprogramado en horario y, al presentarse en el mostrador para despachar equipaje, la respuesta fue tan escueta como brutal: “El vuelo está cancelado".
No hubo aviso previo efectivo, ni explicación concreta. Solo indicaciones difusas para dirigirse a unas supuestas "oficinas" en Aeroparque que casi no existían. Tras varias idas y vueltas, alguien del personal entregó un papel genérico para canalizar reclamos y solicitar el reintegro de gastos, como el traslado en Uber. No hubo alojamiento proveído por la aerolínea, ni refrigerio por el mal momento, pero sí una certeza incómoda: el viaje ya había comenzado mal.
La reprogramación llegó con costos ocultos: nuevo vuelo de ida el 25 de diciembre a primera hora (F0 5058) y cambio automático de la vuelta, que pasó al 3 de enero al mediodía (FO 5051).
Un email, ninguna explicación y el silencio absoluto
El 1° de enero, mientras el país todavía digería los brindis de Año Nuevo, llegó otro golpe: un email informando que el vuelo de regreso estaba cancelado, sin mayores detalles ni alternativas claras.
Al intentar reprogramar, apareció otro límite: no había lugar el 5 de enero y la única opción disponible era el 6 de enero. A partir de allí, comenzó una peregrinación conocida por muchos pasajeros de Flybondi: llamadas sin atender, sistemas que no reconocen el DNI, operadores que no pueden ver la reserva y una sensación constante de estar hablando con una pared.
Incluso al acercarse personalmente al aeropuerto de Mendoza, la respuesta fue desalentadora: no había personal de la aerolínea fuera del horario de vuelos y, según indicaron, "generalmente no se hacen devoluciones". El pasajero quedaba, una vez más, librado a su suerte.
El avión en Mendoza, las mascarillas y una nueva reprogramación
El 6 de enero al mediodía, cuando parecía que el calvario llegaba a su fin, ocurrió lo impensado. Con todos los pasajeros ya embarcados, el vuelo fue interrumpido por problemas técnicos. Durante la espera, se desprendieron las mascarillas de oxígeno de una fila, lo que obligó a enviar el avión a revisión.
Más allá del episodio puntual, la escena dejó flotando una pregunta inquietante: ¿en qué condiciones está volando la flota? El hecho no solo retrasó la salida, sino que reforzó la percepción de precariedad operativa.
Finalmente, tras una hora de incertidumbre, el vuelo fue reprogramado nuevamente para las 21.30, cerrando una experiencia marcada por el desgaste, la desinformación y la falta total de previsibilidad.
Cuando el modelo low cost se queda sin red
El caso no es aislado. La acumulación de cancelaciones, la falta de canales de atención efectivos, la ausencia de soluciones en destino y los problemas técnicos recurrentes exponen un problema más profundo que un simple “fin de semana complicado”.
Flybondi, como otras aerolíneas low cost, basa su modelo en la eficiencia extrema. Pero cuando esa eficiencia se rompe, el sistema no ofrece contención. No hay oficinas visibles, no hay personal suficiente, no hay respuestas claras. Y el pasajero queda atrapado entre formularios digitales, vouchers que no llegan y promesas que nunca se concretan.
La libertad de volar barato, ¿a qué costo?
La experiencia relatada deja una conclusión incómoda para el mercado y para los organismos de control: el precio del pasaje no puede justificar la ausencia de derechos básicos del pasajero. Información clara, reubicación razonable, atención humana y seguridad operativa no son servicios premium; son obligaciones mínimas.
Mientras Flybondi enfrenta un verano cargado de cancelaciones y reclamos, la pregunta sigue abierta: ¿hasta dónde puede tensarse el modelo sin que el costo lo pague -siempre- el pasajero?
Porque volar low cost puede ser una elección. Pero viajar a ciegas, definitivamente, no debería serlo.
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