La Terminal de Cruceros Quinquela Martín, principal puerta de entrada y salida del turismo marítimo en Argentina, vuelve a quedar bajo la lupa. La experiencia de embarque en un crucero desde la Ciudad de Buenos Aires deja al descubierto falencias estructurales, operativas y de servicios que contrastan con el crecimiento del segmento y las expectativas de pasajeros que eligen la ciudad como puerto base.
Terminal de Cruceros Quinquela Martín: una experiencia que sigue sin estar a la altura del turismo que recibe
La Terminal de Cruceros Quinquela Martín, principal puerta de entrada y salida del turismo marítimo en la Ciudad de Buenos Aires, vuelve a quedar bajo la lupa.
Caos en la Terminal de Cruceros Quinquela Martin.
Viajar en crucero suele asociarse a comodidad, previsibilidad y disfrute desde el primer momento. Sin embargo, esa promesa comienza (y en algunos casos se diluye) mucho antes de subir al barco. Así ocurrió durante un reciente embarque del Costa Favolosa, operado por Costa Cruceros, desde la Terminal Quinquela Martín, donde la logística y los servicios ofrecidos evidenciaron serias limitaciones para absorber el flujo de pasajeros.
Un cuello de botella anunciado: turistas que sobran
Apenas arribados a la terminal, luego del despacho de equipaje, el personal entrega a cada pasajero un número que determina el grupo de embarque. En este caso, considerando que el Costa Favolosa tiene una capacidad cercana a los 3.700 pasajeros, el proceso se organizó en 30 grupos, pero con un dato clave: una sola puerta habilitada para el embarque.
El resultado fue previsible. Largas esperas, concentración de personas y un verdadero “cuello de botella” operativo que volvió tediosa una instancia que debería ser fluida. Y eso en un escenario moderado: solo un barco amarrado en el puerto. La pregunta surge sola: ¿qué sucede, o sucederá, en plena temporada alta, cuando coinciden dos o más cruceros con miles de pasajeros desembarcando y embarcando al mismo tiempo?
Infraestructura detenida en el tiempo: la terminal que no se adecúa al turismo actual
Más allá del proceso de embarque, la terminal arrastra una deuda estructural con el pasajero. No hubo mejoras visibles en los últimos años: la oferta gastronómica sigue siendo prácticamente inexistente, los espacios para esperar resultan limitados y los puntos de carga para celulares son escasos, un detalle no menor para viajeros que dependen del teléfono para documentación, traslados y comunicaciones.
A su vez, en un contexto donde los cruceros apuestan cada vez más a la experiencia integral del viaje, la terminal (primer y último contacto del pasajero con el destino) aparece como un eslabón débil de la cadena turística.
Si el interior de la terminal deja dudas, el exterior directamente enciende alarmas. En las inmediaciones se percibe una operatoria informal y poco transparente del transporte, especialmente en taxis. Plataformas como Uber prácticamente no operan con normalidad: en la aplicación solo aparecen vehículos que, en muchos casos, funcionan como taxis “camuflados”. (Caos en la Terminal de Cruceros de Buenos Aires: demoras y falta de servicios incomodan a turistas)
El problema de los taxis del exterior: tarifas discrecionales y transporte opaco
Las tarifas, además, parecen responder más a acuerdos tácitos que a reglas claras. Pasajeros que consultan valores reciben precios fijos elevados: $20.000 para trayectos cortos como la terminal de Retiro, o $40.000 hasta Aeroparque, montos que sorprenden tanto a turistas extranjeros como a viajeros locales.
En el caso puntual de este periodista que escribe la nota, el traslado hasta el microcentro porteño, en la zona de Diagonal Norte, distante a menos de 4 kilómetros, terminó costando $15.000, sin reloj taxímetro encendido y sin ningún tipo de comprobante, una práctica que expone la falta de controles y daña seriamente la imagen del destino.
Buenos Aires es uno de los principales puertos base de cruceros de Sudamérica. Recibe miles de turistas internacionales cada temporada y compite con ciudades que han entendido que la terminal de cruceros no es solo infraestructura portuaria, sino una vidriera del destino.
La experiencia relatada no apunta contra una naviera en particular, sino contra un sistema que necesita planificación, inversión y controles. Mejorar flujos de embarque, ampliar accesos, diversificar servicios, ordenar el transporte y proteger al pasajero no son lujos: son condiciones básicas para un turismo competitivo. (El plan que evalúa Luis Caputo para potenciar la industria de cruceros)
Mientras tanto, la paradoja persiste: cruceros que ofrecen eficiencia, confort y experiencia premium…y una terminal que parece anclada en otro tiempo. Un contraste que el turismo argentino ya no puede darse el lujo de sostener.
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