Hay cosas que el fútbol despierta y que son hermosas: la emoción compartida, la memoria familiar, la ilusión de un país entero.
Suárez pone en valor la larga tradición de hospitalidad argentina.
Pero también hay cosas que, cuando el fútbol se mezcla con redes sociales, frustración y necesidad de pertenecer a una tribu, pueden mostrar lo peor de nosotros.
Lo que vivimos alrededor del Mundial 2026 debería preocuparnos mucho. No hablo de una cargada futbolera, ni del folklore de una rivalidad deportiva.
Hablo de cómo se instaló una ola de odio hacia Argentina y los argentinos. De cómo se multiplicaron acusaciones, generalizaciones e insultos que dejaron de hablar de fútbol para empezar a hablar de personas, nacionalidades e identidades.
Y también hablo de cómo, del otro lado, muchos respondieron con la misma lógica. Con escraches, xenofobia y esa idea tan peligrosa de que una agresión habilita otra.
Ahí es donde algo se rompe. Porque cuando un país entero pasa a ser reducido a una caricatura y un extranjero deja de ser una persona para transformarse en “el enemigo”, ya no hablamos de deporte, sino de sociedades que están dejando que otros les administren la rabia.
Las redes sociales hace rato dejaron de ser solamente espacios para informar, educar o encontrarnos. Hoy son máquinas de retención, donde el odio funciona demasiado bien.
El odio retiene. Comenta. Comparte. Indigna. El odio vuelve rentable la agresión.
Y en este punto también hay una responsabilidad enorme de medios y comunicadores. Porque no todo puede justificarse en nombre del alcance. Hay quienes entendieron que el agravio tracciona y que la humillación del otro funciona como combustible para sostener audiencias.
Cada vez que alguien con llegada pública decide amplificar odio para ganar visibilidad está empujando a miles de personas a mirar al otro como un enemigo.
Y eso daña la convivencia, la conversación pública y a personas que quedan atrapadas en climas de hostilidad que otros instalaron.
No escribo esto para decir que “los nuestros” siempre estuvieron bien y “los otros” siempre estuvieron mal. Al contrario.
Toda expresión racista, xenófoba, discriminatoria o humillante debe ser rechazada. También cuando venga de argentinos. También cuando nos incomode reconocerlo.
Pero una cosa es condenar conductas, y otra muy distinta es deshumanizar pueblos.
Hace más de 30 años que trabajo vinculado con personas no residentes de Argentina. He dedicado buena parte de mi vida profesional a promover turísticamente nuestra tierra y nuestra región.
He recibido, acompañado y trabajado con personas de todos los continentes, culturas, religiones, colores, lenguas y formas de mirar el mundo. Y nunca había visto algo así.
Nunca había visto con tanta claridad cómo una conversación deportiva podía transformarse en una pulseada de desprecio colectivo.
Por eso siento la necesidad de decirlo desde el lugar que conozco: el turismo.
Argentina no es un hashtag. No es un recorte viral. No es una discusión de redes, una final o una provocación.
Argentina es una tierra inmensa, intensa, contradictoria, generosa, imperfecta y profundamente anfitriona.
Una tierra que recibe al que llega por primera vez y al que vuelve. Al que viene de cerca y al que cruza el mundo.
Al que viaja por trabajo, por estudio, por amor, por paisaje, por cultura, por vino, por nieve, por gastronomía, por fútbol o simplemente por ganas de vivir algo distinto. Todos fueron, son y serán bienvenidos en el territorio argentino.
Ese es el país que conozco. El que elegí contarle al mundo durante décadas. El que sigo defendiendo, no desde el enojo, sino desde la convicción.
Porque ningún algoritmo puede quitarnos del todo la responsabilidad de elegir quiénes queremos ser.
Desde nuestro lugar, aquí estaremos. Tanto las empresas nuevas como la nuestra, así como los enormes colegas de esta industria, algunos con más de 80 años recibiendo viajeros en nuestra región y ejerciendo el oficio más noble que tiene el turismo: hacer sentir bienvenido a quien llega.
Porque el mundo no necesita más países gritándose desde una pantalla.
Necesita más personas dispuestas a encontrarse.
Oscar Gabriel Suárez, gerente de Acrux Travel
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